En una noche oscura, con ansias en amores inflamada, (¡oh dichosa ventura!) salí sin ser notada, estando ya mi casa sosegada. A oscuras y segura, por la secreta escala disfrazada, (¡oh dichosa ventura!) a oscuras y en celada, estando ya mi casa sosegada. En la noche dichosa, en secreto, que nadie me veía, ni yo miraba cosa, sin otra luz ni guía sino la que en el corazón ardía. Aquésta me guiaba más cierta que la luz del mediodía, adonde me esperaba quien yo bien me sabía, en parte donde nadie parecía. ¡Oh noche que me guiaste!, ¡oh noche amable más que el alborada!, ¡oh noche que juntaste amado con amada, amada en el amado transformada! En mi pecho florido, que entero para él solo se guardaba, allí quedó dormido, y yo le regalaba, y el ventalle de cedros aire daba. El aire de la almena, cuando yo sus cabellos esparcía, con su mano serena en mi cuello hería, y todos mis sentidos suspendía. Quedéme y olvidéme, el rostro recliné sobre el amado, cesó todo, y dejéme, dejando mi cuidado entre las azucenas olvidado. | Upon a darkened night the flame of love was burning in my breast And by a lantern bright I fled my house while all in quiet rest Shrouded by the night and by the secret star I quikly fled The veil concealed my eyes while all within lay quiet as the dead Upon that misty night in secrecy, beyond such mortal sight Without a guide or light than that which burned so deeply in my heart That fire t'was led me on and shone more bright than of the midday sun To where he waited still it was a place where no one else could come Oh night though was my guide¡ oh night more loving than the rising sun Oh night that joined the lover to the beloved one transforming each of them into the other Within my pounding heart which kept itself entirely for him He fell into his sleep beneath the cedars all my love I gave From o'er the fortress walls the wind would brush his hair against his brow And with its smoothest hand caressed my every sense it would allow I lost myself to him and laid my face upon my lovers breast And care and grief grew dim as in the mornings mist became the light There they dimmed amongst the lilies fair | ||
Dietario soluble
16 junio 2011
Noche oscura del alma
25 abril 2011
Decíamos ayer... Raíces y puntas
dueno dueno Christo, dueno
salbatore, qual dueno
get ena honore et qual
duenno tienet ela
mandatione cono
patre cono spiritu sancto
enos sieculos delo siecu
los. Facamus Deus Omnipotes
tal serbitio fere ke
denante ela sua face
gaudioso segamus. Amen.
Glosa en margen derecho
Códice Emilianense 60. Página 72.
El monte Toloño con sus casi 1300 m de altitud sobre los que ahora cabalgaba, me otorgaba una vista excepcional. Hacia uno de los lados, el suroeste, rielando bajo el sol cegador del mediodía, una inmensa planicie detalladamente cuadriculada, era recorrida por dos finas líneas verdes que convergían sobre otra más gruesa que espejeaba con amplios meandros. Eran las arboledas de los ríos Oja y Tirón alimentando con sus aguas al caudaloso Ebro, y regando, hasta donde se perdía la vista, los viñedos de La Rioja. Allá abajo relucían el denso caserío de Haro, los castillos medievales de Sajazarra y San Vicente de la Sonsierra y a lo lejos cerraba el paisaje la inmensa mole, aún coronada de nieves, del pico San Lorenzo. En sus laderas, Ezcaray y San Millán de la Cogolla solo eran visibles con los prismáticos que sostenía sobre mi pecho.
Al girar la cabeza hacia el este, para seguir con la vista el curso del Ebro, la llanura parecía agotarse. La mancha urbana de Miranda empujaba la mirada hacia la tupida red de finas líneas que, desplegándose desde allí, parecían converger hacia un profundo tajo abierto en el muro que cerraba el paisaje al sur. Todas aquellas carreteras, vías férreas y autopistas se precipitaban ahora por la estrecha hendidura del desfiladero de Pancorbo el cual, burlando las estribaciones de la poderosa cordillera cantábrica, las permitía derramarse sobre los campos todavía intensamente verdes de La Bureba burgalesa. Allí los prismáticos a duras penas me daban un vislumbre de Briviesca. A su vera, vigilantes, los altos riscos de Cellorigo y La Muela parecían todavía acompañar al conde burgalés Fernán González y al alavés Vela Jimenez a proteger aquel estratégico paso a la meseta de las acometidas anuales de las huestes del califato de Córdoba.
Finalmente, y volviendo ya la vista hacia el noreste, todo rastro de llanura desaparece: los montes se superponen unos a otros, difuminándose gradualmente desde el verde intenso hasta el azul neblinoso. El Ebro se hunde en ellos por los riscos de Portilla en busca de las agrestes tierras del norte castellano, donde el valle burgalés de Losa y el alavés de Valdegovía, lindantes ya con los territorios vizcaínos de Orduña, acogen en su regazo los recónditos lugares de Berberana y Valpuesta. Más al norte, otro profundo tajo en la cadena montañosa señala el paso hacia la llanada alavesa que, invisible desde aquí, es dominada por un segundo gigante nevado que cierra el horizonte en la lejanía: el emblemático monte Gorbeia que reina ya sobre el corazón de Euskadi.
Calmado ya un tanto el dolor del antebrazo, una suave paz interior me fue invadiendo poco a poco mientras juntaba en mi cabeza las piezas que tenia ante mí. Aquellas tierras que desde mi atalaya divisaba todo alrededor, un vasto círculo de unos cien kilómetros de radio, formaban, claro está, el sustrato de mis raíces personales, el lugar donde nací. Pero también eran el sustrato y la cuna de algo mucho más trascendente que cualquier historia personal: aquí dió sus primeros pasos este idioma que ahora mismo compartimos. Cuando, rondando el año 1000, los señores de la guerra astur-leoneses, hablantes del galaico portugués, repoblaron estas tierras como bastión contra los árabes, lo hicieron con los vascones del norte y los navarros del oeste, gentes todas ellas que se comunicaban en la ancestral lengua vasca. Pero no solo habitantes eran necesarios para la repoblación. Junto a ellos una tupida red de monasterios se encargaba del soporte espiritual y organizativo de la sociedad que nacía. Demasiado pequeños para ser vistos desde mi posición, yo sabía que aquellas tierras de allí abajo abrigaban no menos de ocho monasterios, de los cuales cuatro aún siguen en activo. En ellos, los monjes benedictinos y franciscanos, escribían largos códices en latín eclesiástico en una minuciosa tarea de salvaguarda del conocimiento.
Como todas y cada una de las veces que veo este paisaje, esta tierra de fronteras y cruce de caminos, de agrestes montes protegiendo fértiles valles, no puedo sino maravillarme del milagro que hizo que, en los albores del primer milenio, aquel latín contaminado de vascuence y galaico, aquella lengua mezcolanza, impura y caotica que monjes, soldados y pobladores de estas tierras empezaron a usar para poder entenderse en la vida común fuera, poco a poco, dando cuerpo a uno de los pilares culturales de la humanidad. Cuando algún ignoto monje escribió en aquella jerigonza popular los comentarios en el margen de los Códices Emilianenses de San Millán, allá a mi derecha o, quizá antes aún, otro anotó los Cartularios de Valpuesta, a mi izquierda, seguro que no eran conscientes de que estaban dando a luz una de las más formidables construcciones culturales de occidente. Desde este corazón verde que tenía ante mí, aquella lengua mestiza arrancaría con un impulso tal, que un milenio más tarde llegaría a dar cuerpo y voz a los pensamientos de más de cuatrocientos millones de personas extendidas a lo largo y ancho del planeta.
Pero finalmente, con meditaciones o sin ellas, era imposible ignorar por más tiempo aquel pitido, suave pero insistente, del dichoso aparato: “30 minutos por debajo de la previsión”. Al levantarme con un suspiro y dar un último vistazo circular a aquella tierra donde nació este nuestro idioma, no podía entender, una vez más, que extraña ceguera nos impide ver lo estéril, mezquino y cerrado de la pureza. Pureza racial, pureza idiomática, intelectual o de lo que sea. Puras entelequias. Una y otra vez la historia en mayúsculas y la vida, en minúsculas, se encarga de recordarnos que la autentica fertilidad, el gran potencial creativo de la humanidad, solo está en el mestizaje, en la hibridación, la mezcla, en el compartir ideas y valores, adoptar como propio lo bueno de los otros, cederles como suyo lo mejor de lo nuestro. Mientras me bajaba cuidadosamente la manga de la camisa sobre el rasguño, y ajustaba las cinchas de la mochila, recordé que ya iba siendo hora de almorzar… ¡y estaba seguro que el bendito prado que Gonzalo de Berceo, notario de San Millán, describió en aquella torpe lengua aún balbuciente, no debía pillar muy lejos de aquí!!
Yo maestro Gonçalvo de Verceo nomnado,
yendo en romería caeçí en un prado,
verde e bien sençido, de flores bien poblado,
logar cobdiçiaduero pora omne cansado.
Davan olor sovejo las flores bien olientes,
refrescavan en omne las [carnes] e las mientes;
manavan cada canto fuentes claras corrientes,
en verano bien frías, en ivierno calientes.
Avién y grand abondo de buenas arboledas,
milgranos e figueras, peros e mazanedas,
e muchas otras fructas de diversas monedas,
mas non avié ningunas podridas [nin] azedas.
15 abril 2011
Déjà lu
“…para escapar de los rusos se arrojaba al arroyo y tras nadar [..] llegaba al Dnieper y soñó que se sumegía en el rio y se dejaba arrastrar por la corriente […] de esta guisa recorría kilómetros y kilómetros de rio […] y el fondo del rio era como una calzada de piedras, de vez en cuando veía cardúmenes de peces pequeños y blancos y de vez en cuando se topaba con un cadáver ya sin carne, solo los huesos mondos, y esos esqueletos lo mismo podían ser de alemanes que de soviéticos, no se sabía, pues las ropas se habían podrido. […] A veces pasaba debajo de pontones militares y veía las sombras ateridas de los soldados en la noche . […] Por fin Reiter se acercó a la orilla tumbándose en la arena, [descubriendo] la mitad del cuaderno pegado a su ropa o su pellejo".
04 abril 2011
Deciamos ayer... Arenas de Libia
Garai heroikoak (7) Edan gabe ligatzeko ez naiz gai, esaten didazu, Nako, edanda hamabost poeta datozkit lagun (You only tell me you love me when you're drunk Pet Shop Boys-en kanta gogoratu zait edo jarri dute kasualitatez). Katuloren poemak hasi zara begi hertsiekin errezitatzen. Edanda zaude, bestela bai zera. Emazkidazu ehun, mila musu, oraindik gehiago. Esan adina balira (begiak ireki gabe), Katuloren txoritxoa nizuke -berriz bizirik- eskura emanen | Tiempos heroicos (7) No soy capaz de ligar si no bebo, me dices, Nacho; pero si he bebido, quince poetas vienen en mi auxilio (recuerdo, o casualmente están pinchando, aquella canción de los Pet Shop Boys, You only tell me you love me when you're drunk). Y tú empiezas a recitar poemas de Catulo, con los ojos cerrados. Estás muy bebido; si no, de qué. Dame mil besos, dame cien mil besos, no lleves la cuenta. Si fuesen tantos los besos (y tú no abrieses los ojos), yo te pondría el gorrión de Catulo en la mano. Vivito y coleando. | ||
28 marzo 2011
Les trous de la mémoire
02 marzo 2011
Decíamos ayer... Vitoria 03/03/1976
Entrada "Flashback" del 06/12/2005
Sentía el aroma del café mientras de pie, apoyado en el respaldo de la silla miraba por la ventana:
- Carlos, ¿lo quieres solo..?
Desde esta perspectiva tenía una curiosa vista de la gasolinera situada allá abajo. Nunca creí que fuera a tener algún día esta panorámica, pero la vida se empeña en hacernos ver las cosas desde muchos ángulos, pensaba mientras sonreía para mis adentros. Me resultaba curioso estar prácticamente encima... en esta casa, en estas circunstancias. Era demasiado para no sentir que los recuerdos fluían sin poderlos controlar...
Ahora poco a poco los colores brillantes, rojos y naranjas, de la gasolinera se iban desdibujando a medida que mi memoria retrocedía treinta años atrás. Iban volviendo despacio a un blanco mústio, con una simple franja azul marino adornando las bases de las columnas... Los paseantes que deambulaban despreocupados a su alrededor iban siendo sustituidos, como en un sueño, por una multitud que hormigueaba en torno al edificio, extendiéndose desde sus aceras hasta el seto central de la avenida y aún hasta la acera opuesta. Recordaba los sonidos.... era como el ruido de una marea, como un sordo rugido, un griterío rítmico que subía y bajaba de intensidad, como una canción áspera y ruda. No se entendían las frases, la barahúnda de fondo era demasiado fuerte como para distinguir las palabras.
Una mezcla de miedo, excitación y euforia se agarraban a mi estómago haciendo que todo pareciera confuso, pero extrañamente nítido: parecía ver y oír todo con mucha precisión, aunque no podía aislar ningún sonido o imagen concreta. Desde el grupo en que yo estaba, distinguíamos a unos cincuenta metros la enorme barricada que, con materiales de alguna obra en construcción, cortaba el paso de la calzada: una montaña de ladrillos, tablones y fragmentos de andamios se apoyaba en grandes tuberías de cemento situadas en el centro. A su alrededor varias decenas de personas con buzos y cascos iban y venian continuamente portando nuevos objetos que añadían al enorme montón. Nos dominaba una extraña exaltación... se comentaba que varias furgonetas con policías habían tenido que detenerse a la entrada de la avenida, a unos centenares de metros, frenadas por las primeras barricadas y grupos de gente. Juntos nos sentíamos protagonistas y poderosos.
Entonces, un movimiento inusitado me sorprendió: uno de los utilitarios aparcados en la acera cercana a la barricada, pareció moverse de una forma extraña, como saltando o rebotando. Al prestar más atención percibí la gente que se arremolinaba a su alrededor; bruscamente el coche pareció flotar sobre la multitud y llevado de un impulso irresistible avanzó sujeto en volandas por decenas de brazos, hasta estrellarse contra el parapeto. Un alarido de triunfo resonó en el aire, mientras los brazos se alzaban y los cuerpos saltaban como en una danza primitiva. Pocos segundos más tarde, otro coche seguía el mismo camino del primero y después un tercero. El griterío era ahora ensordecedor. Un extraño sentimiento de aprensión se apoderó de mí. Recuerdo nítidamente cómo una pequeña luz de alarma se encendió de pronto en mi interior: aquella locura colectiva empezaba a tener un punto de irracionalidad que me asustaba... presentía que algo no iba bien.
Un grito agudo me sacó de mi parálisis: un land rover gris, erizado de rejas negras en las ventanas, avanzaba desbocado a toda velocidad por el centro de la acera, en dirección a la gasolinera. Ahora el ulular frenético de la sirena se superponía a todos los demás sonidos... vi con horror como el vehículo embestía todo a su paso, pasaba a escasos centímetros de los arboles, los escaparates, los portales. Gente aterrorizada gritaba y corría por la acera en cualquier dirección apartándose enloquecida de su trayectoria. Alcancé a ver como varios tropezaban y caían delante del bólido: solo un desesperado tirón de los que corrían a su lado los libraba, en el último instante, de ser arrollados. Paralizado de terror observé como el land rover, sin duda por alguna vacilación de su conductor, comenzó a dar bandazos de un lado a otro de la acera, y embocó derrapando el pórtico de la gasolinera. -¡Los surtidores...!- alcancé a pensar y entonces, con un brusco giro sobre sí mismo que a punto estuvo de hacerlo volcar, el coche se detuvo: había sobrepasado la barricada y se encontraba a escasos veinte metros de nosotros. Instantáneamente comenzaron a llover ladrillos y cascotes sobre él. La luz azul de su techo apenas duró unos segundos antes de caer rebotando sobre el capó. Después, con estrépito, reventó un cristal lateral, mientras la reja metálica caía hecha añicos.
Empezábamos a retroceder aterrorizados, cuando violentamente se abrieron las puertas traseras y seis u ocho guardias armados de escudos y fusiles, saltaron de su interior apuntándonos. Un pavor intenso se adueño de mí, un miedo irracional, me hizo darme la vuelta y comenzar a correr con toda la fuerza de mis piernas, no pensé hacia donde, ni como, solo corría y corría desesperadamente. Noté un golpe en la espalda. Detrás oía explosiones, gritos, silbidos agudos. Al dirigirme hacia una de las bocacalles distinguí la hilera de uniformes grises que taponaba la entrada: sin pensarlo ni detener la carrera, giré noventa grados, subí por la acera opuesta de la avenida, alcancé una iglesia, corrí por su lateral, colándome con dos o tres personas más por un estrecho callejón. No sabía dónde estaba, ya empezaba a perder el aliento, cuando desembocamos en una calle desierta y silenciosa. Los ruidos de sirenas, gritos, explosiones se oían ahora amortiguados, lejanos. Veíamos elevarse una columna de humo detrás de los tejados. Nos detuvimos jadeando, apoyados en la pared. Notaba un dolor intenso en un hombro. Al mirarnos los unos a los otros, sin conocernos, vimos el terror reflejado en nuestros ojos avergonzados, en las bocas abiertas, desencajadas...
- ¡Carlos...! ¡Carlos...! ¡Que si lo quieres solo o con leche!
Volví la vista hacia la mesa, donde humeaban las tazas de café.
- ¿Eh...? ¡Ah sí...! Perdona: solo, por favor.
Eché un último vistazo a la gasolinera desde este ángulo insólito. Volvía a tener ahora sus brillantes colores rojos y naranjas. La gente paseaba distraídamente a su alrededor. Los coches paraban y arrancaban en los semáforos de la avenida. Sonreí para mis adentros mientras recordaba un supuesto aforismo, supuestamente chino, que supuestamente leí en algún sitio: "Que Dios te evite la desgracia de vivir un momento interesante de la historia". Definitivamente di la espalda a la ventana.
- Oye, ¿Sabes que huele muy bien este café...?
24 febrero 2011
Decíamos ayer...
Pero, además de dar cuenta de este retorno a la arena bloguera, ese "decíamos ayer..." que da título a este post, también quiere servir para poner nombre a una pequeña veleidad que tengo intencion de perpetrar en este sitio: dado que Windows Live Spaces ha decidido cerrar su sección de blogs (¡Ay, aquellos míticos spaces en los que tantos nos iniciamos!), me da como penilla que se pierdan algunos de los textos que allí estaban escritos, y se me ha ocurrido recuperar alguno de ellos para republicarlos aquí (una especie de auto-plagio, sí). Para no hacer demasiadas trampas, procuraré intercalar alguna cosa nueva que se me vaya ocurriendo, de forma que tengamos una de cal y otra de arena. Dejo a vuestra elección decidir cuál será cada cual, si lo antiguo o lo nuevo (por cierto, y reviviendo una antigua polémica: ¿Qué es lo bueno la cal o la arena?). Bueno, pues nada más para esta presentación. Espero que nos veamos por aquí de vez en cuando.
12 diciembre 2008
In Memoriam

La semana pasada nos sentábamos en la reducida sala de conferencias de la casa municipal de cultura de este mi pequeño pueblo, tan reducida que mas bien diría yo que se trata de una “habitación de conferencias”, pues hasta el nombre de “sala” le queda holgadamente grande. El conferenciante, D. Manuel Aguilar, doctor en Física por la UCM, que fue hasta el año pasado vicepresidente del CERN ginebrino y actual Director de Investigación Básica del CIEMAT, se disponía a hablarnos de las implicaciones del Gran Colisionador de Hadrones (LHC) en la investigación física actual. Al inicio de la charla, el doctor Aguilar conectó su ordenador pero, en lugar de la habitual carátula de presentación, apareció en la pantalla la imagen de un hombre mayor aunque de aspecto jovial, que inmediatamente me resulto muy familiar. Apenas había empezado a intentar traer a la memoria su nombre, cuando D. Manuel nos dio la noticia: “Antes de empezar, quisiera tener un recuerdo para mi buen amigo Francisco Yndurain, gran persona y apreciado colega. Paco nos dejó el pasado mes de Junio”.
Al oír estas palabras, sentí en el corazón esa tristeza indefinida y melancólica que te atenaza cuando recibes la noticia muerte de una persona que, aun no perteneciendo a tu círculo íntimo, es alguien a quien profesas admiración y respeto, y sobre todo, por el que sientes que el mundo se ha quedado un poquito más vacio y huérfano con su desaparición. Mi pensamiento abandonó de inmediato aquella pequeña sala en la que D. Manuel empezaba a enunciar las características del LHC, y voló hasta un ya lejano día otoñal de 2005, en el cual celebrábamos el centenario del annus mirabilis de Einstein, aquel prodigioso 1905, que vio la publicación de los tres trabajos más influyentes en la física actual de que se tenga noticia. El espectacular auditorio del Palacio Kursaal de San Sebastián, obra de Rafael Moneo, tan diametralmente opuesto a esta diminuta habitación que ocupábamos ahora, rebullía de gentes que habíamos llegado de todas partes al Congreso Einstein, bajo los auspicios del Donostia International Physics Center. El conferenciante de turno, en aquella ocasión, era el profesor Francisco Yndurain catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid, que se disponía a hablarnos de “Relatividad, fotones y partículas”.
Al subir al estrado el profesor Yndurain, una vez se hubieron acallado los protocolarios aplausos, se acercó a la mesa y encendió un enorme proyector de transparencias. “Como en la Autónoma de Madrid –dijo- somos bastante primitivos, (risas) yo utilizo transparencias en vez del Power Point. Me comentaron los organizadores que era preferible que usara Power Point, porque era más elegante, pero yo me acordé de una frase de Einstein, citando a Boltzmann, cuando dijo que la elegancia era buena para los sastres, y como yo no soy sastre…” (risas y aplausos) “Como también soy primitivo en otras cosas, voy a señalar [las imágenes] con un paraguas”. En este momento sacó bajo el estrado un enorme paraguas negro plegado que enseño al público (explosión de carcajadas) “Esto del paraguas es muy interesante, porque en Madrid es un objeto arqueológico, puesto que ya no llueve nunca, aunque aquí en San Sebastián, aun tiene cierta utilidad” (eran años de fuertes sequías) (carcajadas y ovación cerrada). Y efectivamente, el Profesor Yndurain, después de ganarse el auditorio de tan salada manera, completó toda su amena conferencia con el paraguas colgado del antebrazo (mientras no señalaba con él) y poniendo y quitando laminillas en el antediluviano proyector.
No fue aquella la última vez que compartí ese delicioso modo de divulgar ciencia de D. Francisco. Apenas unos meses después, en abril de 2006 y de nuevo en mi pequeña ciudad, aunque por fortuna no en este diminuto cuarto, él (con sus inseparables transparencias) nos regalaba una conferencia sobre “el micro y macrocosmos”. Esa vez no utilizó paraguas, sin duda porque la sequia había remitido. En aquella ocasión y hablando informalmente del sentido común como importante criterio en la investigación científica, salió a relucir la anécdota sobre ciertos alumnos suyos de un seminario de Cromodinámica Cuántica en Santiago de Compostela, a los que propuso cinco problemas que debían estar resueltos al día siguiente. Los alumnos, ante el apuro, se reunieron en una de las salas de la residencia donde se realizaba el seminario y donde todos ellos (incluido Yndurain) se hospedaban. Después de varias horas, habían conseguido resolver cuatro de los problemas, pero el quinto se resistía obstinadamente. A las 1.00 de la madrugada, cuando D. Francisco volvía de conocer la noche santiaguina, se extrañó de ver luz en la sala de reuniones, se acerco allí y asombrado de ver a los alumnos, les preguntó que sucedía. Estos le contaron su tribulación con el “quinto problema” y el, apiadado de sus grandes ojeras, les dijo: “¡Ah! Ese problema… ¡pero si es muy fácil..! Se lo puse para que vean un ejemplo del tipo de cosas que no tienen solución. Bueno, me voy a la cama que es muy tarde. Buenas noches”.
En aquella ocasión, aunque solo habían transcurrido unos meses, le noté bastante más delgado y envejecido que en San Sebastián, aunque siempre dotado de ese entusiasmo contagioso por la ciencia y su divulgación, que hacía que los auditorios la sintieran como algo cercano, e importante, como la aventura intelectual (y a veces humana) que representa, y no como un abstruso galimatías de formulas para especialistas. Quizá en una gran ciudad acostumbrados a tener todo tipo de suministros culturales: conferencias, coloquios, seminarios, etc. estas cosas pasan más inadvertidas, pero en las pequeñas localidades de provincias no dejamos de sentir como un pequeño milagro el poder tener acceso a los conocimientos y la experiencia viva de personas como Francisco Yndurain, Manuel Aguilar, Alberto Galindo, José María Sánchez-Ron, Fernando Flores y tantos y tantos otros que la memoria no me permite ahora recordar. Todo ello en gran parte al buen hacer de instituciones como la Real Academia de Ciencias o el CSIC; pero también, y eso nunca lo olvidaremos, al noble sentido del deber de divulgación a que se someten personas de la talla científica y nivel de responsabilidades como las citadas, y que acceden a dictar una conferencia de hora y pico, en un pueblo perdido del norte castellano, una tarde fría y lluviosa, con 8 horas de viaje y en un local en el que a duras penas pueden sentarse las 20 o 25 personas que asisten, emocionadas, al acto.
Por todo ello, D. Francisco, ahora que llegó el momento de la despedida y que sé que nunca más coincidiremos en ninguna sala de conferencias, fastuosa o diminuta, quiero dejarle esta pequeña constancia de mi eterno agradecimiento y admiración. Si alguna vez hemos conseguido ver un poco más allá, ha sido porque nos hemos aupado en hombros de gigantes. Como los suyos.
Sit tibi terra levis. Que la tierra le sea leve.
07 diciembre 2008
Le rouge et le vert
Creo que fue un brusco traqueteo del coche el que me hizo trastabillar un poco y me sacó de ese sueño denso y pesado de los trenes, cuando aun los parpados te pesan más que las ganas de mirar alrededor y todo parece un poco confuso, irreal, como envuelto en una neblina dulzona. Pero la verdad es que no tuve que hacer ningún esfuerzo para verla: estaba justo allí, delante mismo de mis ojos, tan próxima que producía una extraña sensación de intimidad sorprendida, como un cierto reparo de intromisión. Amplia y voluptuosa, suave y cálida, meciéndose lentamente al ritmo de los balanceos de la marcha. Lo primero que me llamó la atención, fue ese llamativo color rojizo intenso, entre otoñal y acaramelado, como sincronizado con el ocre intenso de los bosques seminevados que ahora atravesábamos a toda marcha. Se derramaba sobre un lateral del asiento y jugaba al escondite con el verde de la tapicería, con el que contrastaba y a la vez se complementaba a la perfección, como si un hábil diseñador lo hubiera elegido así de entre todos los matices del cobre y los infinitos del verde (“els colors del vert… No: tots els colors del vert… ¿por qué me viene eso a la cabeza?”).
Abrí los ojos por completo e, instintivamente, quizá debido a la proximidad, adelanté un milímetro la nariz inspirando un poco de aire…, no me llegó ningún olor (“¿Es que esperabas otra cosa…?”), pero mi reacción me hizo sonreír: cuanto deberemos de nuestras opiniones, sin saberlo, a esas sensaciones primarias (“¿Seguro que no te ha llegado ningún olor?” -Inspiré otro poquito- “no sé, quizá un matiz herboso y… ¿húmedo?”). Sea como fuere, eso me hizo despejarme casi del todo, y poco a poco dirigí mi atención, ya decididamente voluptuosa, hacia las preciosas ondas que cabalgaban en todas las direcciones sobre el respaldo: el conjunto era verdaderamente esplendido: las ondulaciones de todos los tamaños rivalizaban por acoplarse unas a otras, por rodar, entremezclase, rebotar… Los suaves traqueteos hacían que esas pequeñas hélices se estiraran y se encogieran con un ritmo perfecto, un poquito hipnótico, pero organizado, como si una roja medusa se dejara mecer con suavidad por el oleaje sobre un manto de coral verde.
De vez en cuando, algún movimiento un poco más amplio, hacia que todo el conjunto oscilase con elegancia a derecha e izquierda, deshaciendo en un segundo todo aquel sutil trabajo de acoplamiento que mis ojos habían seguido con tanta atención y que ahora volvía a recomenzar; siempre idéntico, pero nunca igual. Por un momento me imaginé a mi mismo pasando la mano suavemente por su superficie y me pregunté cómo sería sentir el tacto de esas ondas, como se extenderían al deslizarse por mi palma, (“¡Venga ya..! ¿Pero qué dices…?”) Mi vista se posaba ahora con fijeza en aquella voluta un poco mas díscola que las demás, la que sobresalía rebelde hacia afuera, apuntándome con una especie de ironía o de desafío, la única que exhibía con descaro una veta más clara, casi rubia, destacando sobre el fondo de bronce. Asombrado, y un poco asustado, puede ver como mi mano se extendía hacia el borde del respaldo (“¡Joder…! ¡Qué coño haces…!”) y rozaba levemente con el dorso aquella onda rebelde: lentamente cedió, estirándose bajo la presión de los dedos que se deslizaban sobre ella; al terminar el recorrido, dio un brusco salto enrollándose de nuevo, volviendo desafiante a su posición original.
Retire mi mano con presteza, justo un segundo antes de que otras manos surgieran del asiento delantero e introduciendo los dedos en la mata rojiza, la ahuecaran con un par de resueltos tirones, que además la abrieron sobre el respaldo en todo su esplendor. Con una sensación de calor intenso en las mejillas, volví la cara hacia la ventanilla (“Dios…!! ¡Mira que eres gilipollas…!”) Allí a lo lejos unos enormes peñones de granito se peleaban por salir de una blanquísima manta de nieve que se extendía hasta perderse de vista. Acerqué el dorso de mis dedos a la nariz: (“¿mandarina?”). Eché una rápida ojeada a la mata encrespada que exhibía impúdica su explosión rojiza. Mientras la miraba, me acordé del postre que hacia unas horas había tomado en la estación: una mandarina. Volví de nuevo la vista hacia la planicie nevada (“¡Definitivamente: eres gilipollas…!”) y poco a poco fui notando como la monótona marcha del tren iba venciendo mi resistencia: los parpados me pesaban cada vez más y todo empezó a difuminarse disolviéndose en una enorme superficie blanca…
El brusco frenazo hizo que mi codo se saliera de la repisa de la ventanilla y el cristal me golpeó la frente. Me incorporé sobresaltado. El tren se había detenido y un enorme chorro de agua caía desde el alero de la estación derramándose como un torrente sobre el cristal exterior del coche. Miré hacia el asiento de adelante: el verde de la tapicería lucía un poco desvaído y nada destacaba sobre él, a no ser ese trapito lacio con el anagrama de la compañía. Sorprendido, escudriñé el reflejo del asiento en las ventanas cercanas: estaba definitivamente vacio. Estirando el cuello todo lo que pude, ojeé el pasillo del coche hasta las portezuelas delanteras: excepto unos cuantos pies descalzos colgando de los asientos, nadie lo ocupaba (“¡No puede ser…! ¿Tanto me he dormido?”). Me volví de nuevo hacia la estación: gente rebozada en abrigos y bufandas iba y venía rodando sus maletas por el andén. Desesperado, comencé a mirar de un lado a otro, sin saber muy bien que buscaba, cuando de repente, justo cuando sentía el tirón del tren al arrancar, me pareció ver, de forma confusa por el escorzo imposible y el río de agua que se deslizaba por el cristal, un destello rojo que destacaba sobre un esbelto abrigo gris. Una décima de segundo más tarde (“¡Mierda…!! ¡Espera, espera…!”), la puerta del vestíbulo se cerraba tras una maleta azul y el tren pasaba raudo dejando atrás el edificio de la estación.
Me quedé unos segundos en la misma posición, mirando con rabia como el edificio se iba haciendo cada vez más pequeño en la lejanía. Finalmente me recosté en el asiento y, con un suspiro, cogí el libro de la mesita abriéndolo por donde sobresalía el billete. En sus páginas, el bueno de Tarnas se afanaba en explicar como “la herencia de Platón y Plotino influía en la formulación Agustiniana del Logos judeo cristiano” (“¿Qué…?”). Levanté la vista hacia el asiento delantero y pasé suavemente el dorso de los dedos por el cabezal. Suspiré otra vez y, mecido por el suave bamboleo del tren, volví a bajar los ojos al libro: “… influía en la formulación Agustiniana del Logos…”
14 noviembre 2008
Stendhal y la sonrisa de Gioconda

Puedo confesar abiertamente que nunca he sentido ese traído y llevado “Síndrome de Stendhal”, o al menos no con la mítica intensidad con que lo sufrió el sensible francés, al que como se ha comentado por este o aquel blog, ante la visión de la Basílica de la Santa Cruz en Florencia le acontecieron palpitaciones, ahogos, desmayos y otras lindezas románticas. Es verdad que he sentido algunas veces, dicho sea en descargo de mi artíchtica sensibilidad, un cierto “subidón de belleza” delante de algunas obras de arte que, vaya Vd. a saber por qué, me han impactado de manera especial. Que yo recuerde ahora así a vuela pluma, una vez sintiéndome rodeado de los inmensos lienzos de los “Blue I, II y III” de Miró, otra sumergido en la plateresca espuma de San Esteban en Salamanca o una tercera mientras me atenazaba la luminosa tristeza del Réquiem mozartiano.
Sin embargo para sorpresa mía, en este último viaje sí que pude sentir un novedoso (para mí, claro) sentimiento estético, que al no tener puntos de referencia positivos para describir, no puedo hacerlo más que de una forma negativa como un “anti-síndrome Stendhal”. Verán: es una especie de tragedia en miniatura tener una colección como la del Louvre al alcance de la mano (o del ojo, más bien), y solo disponer de 4 míseras horas para perderse por su caótico laberinto de pasillos y pasadizos, sus mortíferas escaleras, sus desquiciantes sucesiones de “cours” y “salles”. En esas circunstancias uno tiene que elegir, y para este caso cotejando visitas anteriores y previstas, la determinación fue draconiana: las salas de antigüedades sirias y egipcias, los primitivos italianos, la pintura holandesa del siglo XVII.
¿Y el anti-síndrome? Supongo que, si han estado en el Louvre, se habrán percatado que el orden cartesiano, o no esta adecuadamente desarrollado en él, o alcanza tal perfección que queda fuera del alcance del común de los mortales, de forma que desplazarse de una zona de la colección a otra, se transforma en una aventura en la que se pueden encontrar todo tipo de avatares: perdidas, ascensos, descensos, desorientaciones, búsqueda desesperada de guías o interminables discusiones delante de los planos del edificio. En esas circunstancias nos vemos obligados a atravesar a velocidad galopante, salas y mas salas repletas de cuadros y esculturas. Y algunos de ellos, al pasar como una exhalación, nos golpean de tal manera la sensibilidad, que a veces uno pierde el aliento en el encontronazo: -“¡Dios, que precioso Rafael…”- - “Espera, espera un poco, mira que Veronese…”- -“Joder… ¡No me acordaba que estaba aquí este Canaletto!! Aguarda solo un segundo…”-. Al final, claro, nos rendimos ante la imposibilidad de dedicar aunque sea solo ese minuto, a cada obra que nos asalta al paso de las laberínticas salas.
En ese momento, cuando ya se produce la renuncia, uno puede sentir una intensa punzada de dolor en ese extraño punto a medio camino entre el corazón y la cabeza, una abrumadora sensación de pérdida que se produce pasar delante de tanta belleza teniendo que conformarse solo con volver la cabeza al paso de la marcha, una especie de desaliento estético que de pronto, nos hace caer en la cuenta de la futilidad y lo absurdo del empeño, de forma que se siente como una mortífera puñalada en el ánimo, un decaimiento que ya no nos dejará disfrutar con gozo ni siquiera de aquellas partes de la colección previamente elegida y que al final, después de mil rodeos y perdidas, encontramos. Eso, mis queridos e improbables lectores, es lo que primero me vino a la cabeza: “el anti-síndrome de Stendhal”.
Y ni siquiera es lo más grave de este asunto, ya que a semejanza del “síndrome” positivo, este negativo también tiene numerosas variedades, capaces de hacernos sentir una amplia gama de dolores estéticos. Uno muy especial, y que abunda este museo, es el hecho de tener que acercarse, en uno u otro momento, a las salas dedicadas a esos iconos del turismo de masas, del estilo de la Gioconda o la Venus de Milo. Es realmente insoportable. La vergüenza ajena, el dolor estético y la rabia contenida que me produce ver esas masas vociferantes de personas amontonadas delante de las obras, abrasándolas con los flashes de los centenares de estúpidos móviles, con el único objeto de obtener una deleznable fotografía (Sí: el Louvre permite la libre filmación y fotografiado en todas las salas).”¿Pero para qué...?” me pregunto continuamente: ¡Si son las imágenes más reproducidas del mundo, y puede uno encontrar sin el menor esfuerzo y de forma prácticamente gratuita millones de reproducciones de excelente calidad de todas las formas, tamaños y resoluciones!! Asombra observar desde fuera como la inmensa mayoría de las personas allí congregadas apenas si dedica una ojeada de compromiso a la obra en cuestión (salvo a través del visor de la cámara, claro). ¡Y eso sin hablar de otras obras tan excelentes o más que las “celebres”, y cuya presencia pasa en la más insultante de las indiferencias! Que yo recuerde, apenas dos o tres personas contemplábamos la bellísima Coronación de Fra Angélico, los impactantes frescos de Boticelli e incluso, ya puestos a “celebridades”, la Virgen y Sta Ana de Leonardo da Vinci y a cuya extraordinaria composición y emotividad merece la pena dedicar bastante más tiempo, en mi opinión, que a la traída y llevada Gioconda. Pues allí estaba: absolutamente desierta ¡¡a pesar de que apenas las separan 30 metros en salas contiguas!!
“¿Y a ti que te importa? Pues así las puedes ver con menos estorbos..” dicen mis sensatos acompañantes cuando la desazón de esta variedad del anti-síndrome de Stendhal me atenaza haciéndome despotricar en alta voz de semejante despropósito. Pues sí: no deja de ser cierto, pero a mí me duele, y mucho, el sentir de una forma tan lacerante esa dramática falta de sensibilidad estética, ese desprecio tan absoluto e insultante por la belleza, ese sonrojante catetismo consumista de estar allí solo por decir que he estado, sin comprender nada y lo que es más grave: sin interesar en modo alguno comprender nada (es frecuente que dos o tres individuos o individuas de tal ralea, después de haberse acercado a codazos para fotografiar la obra, se alejen de ella sin dedicarle ni una sola mirada, discutiendo de las bondades fotográficas de sus respectivos móviles). En fin. Dejémoslo estar. Pero recuerden: la próxima vez que se acerquen al Louvre, dispongan al menos de un día entero. De lo contrario el anti-síndrome de Stendhal les acecha. El que avisa no es traidor.